Page 107 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
edad serán sirvientes, a los hombres de veinticinco años, les será cortado un pie en público: se
trata de fundar, en verdad, un nuevo mundo, de crear, en verdad, un orden nuevo, donde Juan de
Oñate reine a su gusto, caprichosamente, sin deberle nada a nadie, decidido a perderlo todo con
tal de ser infinitamente libre para imponer su voluntad, ser su propio rey y acaso su propio
creador. Aquí no había nada antes de que llegara Oñate, aquí no había historia, no había cultura:
él las fundó. pero aquí había distancia, enorme distancia, y la distancia, al cabo, lo derrotó.
ELOÍNO Y MARIO Polonsky le dijo a Mario que esta noche más que nunca los ilegales
tratarían de cruzar aprovechando la trifulca del puente, pero Mario sabía bien que mientras un
país pobre viviera al lado del país más rico del mundo, lo que ellos los de la patrulla fronteriza
hacían era apretar un globo: lo que se apretaba por aquí sólo se volvía a inflar por allá; no tenía
remedio y aunque al principio a Mario le divirtió su trabajo como un juego casi infantil, como las
escondidas cuando era niño, la exasperación comenzó a ganarle porque la violencia iba en
aumento, porque Polonsky era implacable en su odio a los mexicanos, para quedar bien con él no
bastaba cumplir profesionalmente, era necesario demostrar verdadero odio y eso le costaba a
Mario Islas, al cabo hijo de mexicanos aunque nacido ya de este lado del Río Grande; pero eso
mismo avivaba las sospechas de su superior Polonsky; una noche Mario lo pescó en la taberna
diciendo que los mexicanos eran todos cobardes y estuvo a punto de pegarle, Polonsky lo notó,
seguro que lo provocó, sabía que Mario estaba allí, por eso lo dijo y luego aprovechó para decirle:
—Déjame ser franco, Mario, ustedes los mexicanos que sirven en la patrulla tienen que demostrar
su lealtad más convincentemente que nosotros, los verdaderos norteamericanos...
—Yo nací aquí, Dan. Soy tan norteamericano como tú. Y no me digas que los Polonsky
llegaron en el Mayflower.
—Cuidado con las impertinencias, boy.
—Soy un oficial. No me digas boy. Yo te respeto. Respétame a mí.
Quiero decir: somos blancos, europeos, savvy?
—¿España no está en Europa? Yo desciendo de españoles, tú de polacos, todos europeos...
—Hablas español. Los negros hablan inglés. Eso no los hace ingleses a ellos, ni español a ti...
—Dan, nuestra discusión no tiene sentido —sonrió Mario encogiéndose de hombros—.
Hagamos bien nuestro trabajo.
—A mí no me cuesta. A ti sí.
—Tú todo lo ves como racista. No te voy a cambiar, Polonsky. Hagamos bien nuestro trabajo.
Olvídate que soy tan americano como tú.
En las noches largas del Río Grande, Río Bravo, Mario Islas se decía que quizás Dan Polonsky
tenía razón en dudar de él. Esta pobre gente sólo venía buscando trabajo. No le quitaba trabajo a
nadie. ¿Fue culpa de los mexicanos que cerraran las industrias de guerra y hubiera más
desempleados? Pues hubieran seguido la guerra contra el imperio del mal, como lo llamaba
Reagan.
Estas dudas pasaban muy fugazmente por la mente alerta de Mario. Las noches eran largas y
peligrosas y a veces él hubiera querido que todo el Río Grande, Río Bravo, estuviera de veras
dividido por una cortina de fierro, una zanja profundísima o por lo menos una reja de corral que
tuviera el poder de impedir el paso de los ilegales. En vez, la noche se llenaba de algo que él
conocía de sobra, los trinos y silbidos de los pájaros inexistentes, que era la manera como los
coyotes, los pasadores de ilegales, se comunicaban entre sí y se delataban aunque a veces todo
era un engaño y los pasadores silbaban como un cazador usa un pato de madera, para engañar
mientras el paso se efectuaba en otro lado, lejos de allí, sin silbido alguno.
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