Page 103 - La Frontera de Cristal
P. 103
Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
invasión invisible de los mexicanos. Afocó los visores del nochiscopio. Allí estaban. Incapaces de
quitarse el sombrero, como si hasta de noche hiciera sol. Le dieron unas ganas furiosas de orinar.
Se bajó el zipper y se miró bajo la luz fluorescente. Su líquido era blanco también, sin color, como
un flujo de chablis. Le desagradó pensar que las uvas maduran y se endurecen bajo el sol. Pero
se consoló pensando en los trabajadores agrícolas que las recogían en California.
Trató de corregir su contradicción. No era un hombre de contradicciones. Detestaba a los
indocumentados. Pero los adoraba y los necesitaba. Sin ellos, maldita sea, no habría presupuesto
para helicópteros, radar, poderosas luces infrarrojas nocturnas, bazukas, pistolas... Que vengan,
dijo secretamente mientras se meneaba la pija para liberarse de las últimas gotas rubias. Que
sigan viniendo por millones, rogó, para darle sentido a mi vida. Tenemos que seguir siendo
víctimas inocentes dijo al convencerse de que por más que se la meneara, la última gota,
inevitablemente, se le quedaría en los calzoncillos jockey. Llegaron el caballo, el cerdo, el ganado,
las ovejas llegaron el acero y la pólvora llegaron los sabuesos, llegó el terror, llegó la muerte;
cincuenta y cuatro millones de hombres y mujeres vivían en el vasto continente de las
migraciones, del Yukón a la Tierra del Fuego, y cuatro millones al norte del río grande, río bravo,
cuando llegaron los españoles cincuenta años más tarde, sólo vivían cuatro millones en todo el
continente y las tierras del río casi se volvieron lo que luego iban a decir que siempre había sido;
la tierra donde el hombre nunca fue o casi dejó de ser, diezmado por la viruela, el sarampión, el
tifo, donde los sobrevivientes fueron a refugiarse a la mesa buscando amparo y voluntad de
resistencia; donde Francisco Vázquez de Coronado llegó un buen día con trescientos españoles,
incluyendo tres mujeres mal repartidas, seis franciscanos, mil quinientos caballos y mil aliados
indios, traídos de las tierras de Coahuila y Chihuahua, en busca de las ciudades de oro, el paso al
oriente fabuloso, la repetición de México y Perú: no hallaron nada sino la muerte que les había
precedido, pero dejaron las ovejas y los chivos, los pollos y los burros, las ciruelas, las cerezas,
los melones, las uvas, el durazno y el trigo, regados como sus palabras castellanas, con la misma
facilidad, con la misma fertilidad, en ambas márgenes del río grande, río bravo MARGARITA
BARROSO Ella cruzaba todos los días la frontera para ir de El Paso a Juárez y supervisar los
trabajos de una maquiladora donde se ensamblan televisores. A veces quisiera hablar de otro
tema, pero el trabajo le ha sorbido el seso, como decía su abuelita Camelia, y Margarita decidió
hace tiempo que su única salvación era el trabajo, en el trabajo encontraba su dignidad, su
personalidad, se respetaba y se hacía respetar, había desarrollado un carácter duro,
intransigente, claro que había chicas simpáticas, dulces, sentimentales inclusive, y también
trabajadoras serias, profesionales, pero bastaba con una sola cabrona —y siempre había más de
una— para joderlo todo y obligar a la supervisora a usar manita pesada, poner la cara agria, decir
la palabra dura...
Ahora regresaba de noche, era viernes y todas iban a los lugares de recreo, Margarita no podía
faltar, era su única concesión a la indisciplina, bueno, al probable relajo, no parecer apretada y
salir con las muchachas a las discos los viernes, total allí ella se confundía entre la multitud, a las
mujeres les era permitida la fantasía en el atuendo, se veía cada facha, la Rosa Lupe con su
manía de hacer mandas y vestirse de carmelita, la Marina que se moría por ver el mar, la muy
pendeja, como si una vez zambutidas aquí a ninguna de ellas le tocaría la de buenas, qué
esperanzas, la Candelaria que se sentía Frida Kahlo o algo así, vestida de la flor más bella del
ejido, y la que ya no salía a bailar, la Dinorah, penando por su hijito que se le ahorcó por falta de
famullo que lo cuidara, quién le manda, ser soltera y con escuincle, la muy babosa, y vivir en los
andurriales de Buenavista, mejor cruzar el río todos los días, irse a una casa suburbana de El
Paso, aunque fuera en barrio negro, pero asimilada, que la sintieran asimilada, no quería ser vista
como mexicana, ni como chicana, ella era gringa, vivía en El Paso, le decían Margarita en
Chihuahua, pero en Texas era Margie, desde la escuela en El Paso le decían, oye, tú eres blanca,
no te dejes llamar Margarita, hazte llamar Margie y pasa por blanca, ni quién se entere: no hables
español, no dejes que te traten de mexicana, pocha o chicana.
—¿Cómo te llevas con tu familia?
—Son increíbles. No puedo tener un date sin que mi mamá me atosigue preguntando, ¿es de
buena familia, es de buena familia? Me dan ganas de salir con un negro para que les dé la
103

