Page 102 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            la sangre a los USA y se regresaban corriendo a mantener a sus indolentes paisanos...

               —¿Ya viste Air Force? John Garfield. Se llamaba en realidad Julius Garfinckel. Un chico del
            ghetto, como tú, un hijo de inmigrantes, Danny boy.

               Habían dado la vida en dos guerras mundiales y también en Corea y Vietnam. Casi igualaban
            los sacrificios de las generaciones anglosajonas del siglo pasado, los conquistadores del oeste.
            ¿Por qué nadie lo decía? ¿Por qué seguían sintiendo vergüenza de tener un pasado inmigrante?
            A  Dan  le  enorgullecía  mirar un mapa y ver que los USA habían adquirido más territorio que
            cualquier  otra  potencia  del  siglo  pasado. Luisiana. Florida. La mitad de México. Alaska. Cuba.
            Puerto Rico. Filipinas. Hawaii. El canal de Panamá. Un reguero de islitas en el Pacífico. Las Islas
            Vírgenes... ¡Las islas vírgenes! Allí le gustaría ir de vacaciones. Por el nombre, tan seductor, tan
            sexy, tan improbable. Y por el desafío. Ir de vacaciones al Caribe y no tostarse bajo el  sol.
            Regresar igual de blanco que sus abuelos de Pomerania. Vencer al color. No dejarse teñir por
            nada, ni por negro, ni por mexicano, ni por sol.

               Había pedido el servicio nocturno por esa razón secreta que no le comunicaba a nadie pues le
            daba miedo el ridículo. Había un culto a la piel bronceada. Hasta parecía sospechoso un hombre
            de piel tan blanca. "¿Estás enfermo?", le preguntó otro oficial como él, y no le dio una trompada
            porque sabía las consecuencias de golpear a un oficial y Dan Polonsky no quería perder por nada
            su trabajo, le satisfacía demasiado. Desde el momento en que se pusieron en lugar las técnicas
            para detectar el paso nocturno de inmigrantes ilegales por el Río Grande, Dan pidió ser admitido,
            y lo fue, en las brigadas que veían iluminado al mundo nocturno a través de sus anteojos de robot
            cinematográfico, sus nochiscopios para ver a los ilegales de noche como si fosforescieran, sus
            detectores del calor que emana del cuerpo humano... Lo malo es que había tantos agentes de la
            patrulla fronteriza que aunque fueran texanos, eran de origen mexicano, y a veces Polonsky se
            confundía, encontraba con sus goggles rojos a un morenito y resultaba que traía credencial de
            patrullero, aunque tuviera cara de bracero... Lo bueno es que a estos agentes texano—mexicanos
            se les podía chantajear fácil, explotar sus fidelidades divididas, exigirles que demostraran, a ver,
            que eran buenos norteamericanos, no mexicanos disfrazados, a ver... Polonsky se reía de ellos.
            Le daban pena, los manipulaba como ratas en un laboratorio.

               Algo le molestaba, sin embargo, y era esa necedad de insistir en que los USA eran morales e
            inocentes siempre. ¿Por qué pretendían los políticos y los periodistas no tener  ambiciones  ni
            intereses,  ser  siempre  morales, inocentes, buenos? Esto enervaba a Dan Polonsky. Todo el
            mundo tenía intereses, ambiciones, malicia. Todo el mundo que quería  ser  alguien.  Miró
            intensamente a través de sus gafas nocturnas, que aclaraban el paisaje seco y hostil del río sin
            necesidad de sol, miró un paisaje de un rojo embriagante como una copa de clamato y vodka.
            Para Dan, los Estados Unidos habían salvado al mundo de todos los males del siglo veinte, Hitler,
            el Kaiser, Stalin, los comunistas, los japoneses, los chinos, los vietnamitas, el tío Ho, Castro, los
            árabes, Sadam, Noriega...

               Se le agotó la lista de enemigos y se quedó sólo con su justificación central, rabiosa. Había que
            salvar la frontera sur. Por allí entraba ahora el enemigo. Allí se protegía hoy a la patria, igual que
            en Pearl Harbor o las playas de Normandía, igual.

               Allí  estaban, provocándolo indecentemente, agrupados del lado mexicano, enseñando los
            brazos abiertos en cruz, cerrando los puños, diciéndole a la otra orilla: Ustedes nos necesitan.
            Venimos a la frontera porque sin nosotros sus cosechas se pudren, no hay quien las recoja, no
            hay quien atienda hospitales, cuide niños, sirva en restoranes, si nosotros no  les  prestamos
            nuestros brazos. Era un desafío y la mujer de Dan se lo decía con burla brutal: —Oye, necesito
            una nana para el niño. ¿No me digas que vas a delatar a Josefina? No seas terco. Mientras más
            trabajadores entren, más seguro tienes el empleo, buster... quiero decir, darling.

               Cuando Selma su mujer se ponía pesada, Dan inventaba un viaje a la capital del estado en
            Austin para cabildear pidiendo más dinero e influencia para la patrulla fronteriza de la cual él era
            miembro. Quería convencer: si no nos dan fondos, no  podemos  proteger  a  la  patria  contra  la
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