Page 104 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            alferecía.

               —No seas bruta. Sal con puro güerito. No admitas que eres mexicana.

               Se rebeló luchando por ser bastonera de su high school. Les dijo a sus padres que iba a ser
            parte de la banda musical de la escuela, que iban a tocar en el partido de futbol. Pero cuando la
            vieron aparecer en pleno otoño con las piernas desnudas y un calzoncito mínimo, enseñando los
            muslos,  qué va, mostrando las nalgas, con las que me siento, decía la abuelita Camelia, ella
            nunca dijo nalgas, mostrando eso pues, y manejando un bastón como si fuera un falo simbólico,
            supieron que la habían perdido, se fue de casa, le advirtieron ningún chico decente se va a querer
            casar contigo, muestras en público las asentaderas, puta, pero ella no tenía tiempo ni cabeza para
            novios, ella iba nomás los viernes al Excalibur a bailar la quebradita con los hombres que todos
            eran  iguales,  todos  bailaban  con  el sombrero blanco puesto, ésos eran los rancheros, ricos o
            pobres, quién iba a saber, si eran todos idénticos, y los melenudos, los que traían cintas
            amarradas a la cabeza y chalecos de fleco, pues ésos eran padrotes o pachucos, no los tomaban
            en serio: todo era sólo un respiro, un atarantamiento para olvidar al abuelo que no la hizo, tullido
            en su silla de ruedas, a la dulce abuelita Camelia que nunca decía nalgas, a sus padres que por
            ahí  andaban, el padre dependiente de Woolworths, la madre en otra maquila, el hermano
            preparando burritos en un Taco Bell, y el tío poderoso, riquísimo, el self made man que no cree en
            la filantropía familiar, mantener a esa runfla de parientes vagos, que trabajen como yo, que hagan
            su fortuna, ¿qué están mancos o qué?, el dinero sólo sabe si uno lo gana, no si se lo regalan, o
            como dicen los gringos, los lonches no son gratuitos: ella, Margarita Margie, ella era ambiciosa,
            disciplinada, ¿y de qué le había servido?, parada allí en la frontera, esperando pasar entre este
            margallate de la manifestación que todo lo había interrumpido, ansiosa por largarse de México
            cada noche, aburrida de cruzar pa’Juárez todas las  mañanas  entre  armazones  de  fierro,
            cementerios de rascacielos a medio construir por la mala suerte repetida de México: se acabó la
            lana, llegó la crisis, entambaron al empresario, al funcionario, al mero mero, y ni así se acaba la
            corrupción,  jodido  país,  chingado  país,  desesperado  país como una rata sobre una noria,
            haciéndose  la  ilusión  de  que  camina  pero nunca cambia de lugar pero ni modo, allí estaba su
            chamba  y  en  su  chamba  ella era buena, ella se conocía de pe a pa el trabajo en serie del
            ensamblaje, del chassis a la soldadura a la prueba automática al gabinete y la pantalla al warm—
            up para ver si trabajaban todas las partes y si no hay mortalidad infantil, como dice en guasa el
            subgerente italiano, al alineamiento para aislar a la televisora del campo magnético del mundo
            para tener un aparato libre de interferencia, ¿qué tal?, ésa se la soltaba a los compañeros de baile
            y  hasta  perdían el paso porque sabía más que ellos y no la querían, la dejaban en paz y les
            hablaba del test del aparato ante espejos, el gabinete plástico, el empaque en styrofoam y el cajón
            final, el féretro del televisor listo para el K Mart, dos horas dura todo el proceso, once mil aparatos
            por día, ¿quihubo?, ah qué vieja más enterada, y si a ella le tocaba cerciorarse de que cada etapa
            estaba  correcta adjudicándole estrellas verdes a los aparatos con problemas y estrellas azules
            cuando no había problema, ella se merecía una estrellota de oro en la frente, en la mera frente,
            como las niñas buenas en las escuelas de monjas, como las drum majorettes que maniobraban el
            bastón y marchaban mostrando los calzones y se disfrazaban de coroneles para encabezar los
            desfiles y que los chicos le silbaran, la llamaran Margie y dijeran no es pocha, no es chicana, no
            es mexicana, es como tú y yo...el náufrago, el vencido, el muerto de hambre y sed,  el
            desarrapado, ¿de quién sino de él podía venir el sueño imposible de la riqueza del río, riqueza
            disponible como en el edén, manzanas de oro al alcance de la mano y del pecado: quién sino un
            náufrago delirante podía hacer creíble semejante ilusión sobre el río grande, río bravo?

               Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, extremeño en fuga de la piedra insomne como la mayoría de
            los conquistadores (Cortés de Medellín, Pizarro y Orellana de Trujillo, Balboa de Jerez  de  los
            Caballeros,  De  Soto  de  Barcarrota, Valdivia de Villanueva de la Serena, hombres de frontera,
            hombres de allende el Duero) quiso como ellos transmutar la piedra de Extremadura en oro de
            América, embarcose en Sanlúcar en 1528 con  una expedición de cuatrocientos hombres a la
            Florida, de los que quedaron cuarenta y nueve después de un naufragio en la bahía de Tampa,
            vadeando las tierras pantanosas de los seminolas, marchando penosamente por la costa del
            Golfo hasta el río Mississippi, la construcción de barcazas  para  lanzarse  de  nuevo  al  mar,  tan
            apretados que no podían moverse, atacados ahora por una tormenta de la que sólo treinta salen
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