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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
vivos, el nuevo naufragio en Galveston, la marcha hacia el oeste, hasta el río grande, río bravo,
defendiéndose de las flechas indias, comiéndose sus caballos y haciendo odres de sus cueros,
hasta las tierras de los indios pueblos al norte del río, pero la distancia, la ignorancia de la tierra y
de los hombres, no son nada frente al hambre, la sed, el desamparo, las noches sin abrigo, los
días sin sombra, los cuerpos cada vez más desnudos, más morenos, hasta que los quince
españoles que quedan, ya no se distinguen de los pueblos, los alabamas y los apaches; sólo el
criado negro, Estebanico, es más oscuro que los demás, pero sus sueños son luminosos,
dorados, él ve en la distancia las ciudades de oro, mientras Álvaro Núñez Cabeza de Vaca se
mira en el espejo de su memoria y allí trata de verse reflejado como el hidalgo que fue, el
caballero español que ya no es, el único espejo de su persona son los indios que encuentra, se ha
vuelto idéntico a ellos, pero pierde la oportunidad de ser uno de ellos, es igual a ellos pero no
comprende la ocasión que tiene de ser el único español que podía entender a los indios y traducir
sus almas al castellano; Cabeza de Vaca no puede entender una historia de viento, una crónica
migratoria sin fin que lleva al indio de la caza acalorada en la pradera, al tipí de las nieves; del
cuerpo bronceado y desnudo del verano, al cuerpo envuelto en mantas y pieles del invierno, él no
quiere reinar sobre este mundo, el nomadismo lo atrae pero lo niega porque aquí nadie se mueve
para conquistar sino para sobrevivir, él no entiende a los indios, los indios no lo entienden a él ven
en los españoles chamanes, curanderos, brujos, y Cabeza de Vaca asume el único papel que le
otorgan, se vuelve brujo de ocasión, cura a base de succiones, soplidos, imposición de manos,
padrenuestros y persignadas abundantes, pero en realidad lucha aterrado contra la pérdida, capa
tras capa, de la piel y la ropa de su alma europea, a ella se aferra, no atiende la razón de su voz
interna; Dios nos ha traído desnudos a conocer a hombres idénticos a nosotros en su desnudez...
¿cuál Dios.? Cabeza de Vaca lo ve rondando los pasillos y las recámaras de las casas grandes de
los pueblos, ve a un dios que no reconoce huyendo de piso en piso por escaleras de mano que de
noche retira para aislarse a su gusto de la luna, de la muerte, del extraño... ocho años de extravío,
de nomadismo involuntario, hasta encontrar la brújula del río grande, río bravo, y retomar el
camino de Chihuahua, a Sinaloa y el Pacífico y tierra adentro a la ciudad de México, donde son
recibidos como héroes por el virrey Mendoza y el conquistador Cortés; quedan sólo cuatro
sobrevivientes de los cuatrocientos que salieron de Sanlúcar a la Florida, Cabeza de Vaca,
Andrés Dorantes, Alonso del Castillo Maldonado y el criado negro Estebanico: los celebran, los
interrogan; ¿dónde anduvieron, qué han visto, qué saben, qué prometen? Cabeza de Vaca, los
dos españoles y el negro no cuentan lo que vivieron, sino lo que soñaron, han sido salvados para
contar un espejismo, han recibido turquesas y suntuosas pieles arrancadas a los lomos de las
extrañas vacas grises de las praderas, los búfalos han vislumbrado las siete ciudades de oro de
Cíbola, han tenido noticias de las riquezas incontables de Quivira, propagan la ilusión de
Eldorado, otro México, otro Perú, más allá del río grande, río bravo, un inmortal sueño de riqueza,
poder, oro, felicidad, que nos compensa de todos nuestros sufrimientos, de la sed y el hambre y
los naufragios y los ataques de indios, han sobrevivido para mentir, la muerte los hubiese fundido
con la verdad de las tierras desiertas, mezquinas, hostiles, despobladas, la vida les ha dado la
opulenta riqueza de la mentira, pueden engañar a todo el mundo porque han sobrevivido: río
grande, río bravo, frontera de mirajes desde entonces.
SERAFÍN ROMERO El Galán le dijeron desde chiquito por su pelo negro lustroso como
charol y sus pestañas largas, pero él se llamó a sí mismo El Mierdas porque así se sintió siempre,
creciendo entre las montañas de basura de Chalco, dedicado desde niño a escarbar entre la masa
desfigurada de carne podrida, frijoles vomitados, trapos, gatos muertos, jirones de existencia
irreconocible, dando gracias cuando algo mantenía su forma —una botella, un condón—, y podía
ser llevado a casa: una nube de olor acre lo acompañaba a Serafín desde niño, y cuando se salía
de la nube del desperdicio, el olor era tan dulce, tan puro, que lo mareaba y hasta asquito le daba,
su patria eran las calles de lodo, los charcos, los niños con las rodillas jodidas, incapaces de
caminar derecho, los perros sueltos, procreándose, afirmando su vida, diciéndonos a ladridos que
todo puede sobrevivir, a pesar de todo, a pesar de los traficantes que embaucan en la droga a los
niños de ocho años, a pesar de los policías extorsionadores que primero matan de noche y luego
se aparecen de día a contar los cadáveres y sumarlos a las listas de la gigantesca muerte urbana,
vencida siempre por la fertilidad de las perras, las ratas, las madres; todo puede sobrevivir porque
el gobierno y el partido organizan la corrupción, la dejan florecer tantito y luego la organizan como
un alivio para que todos acepten la consigna: el PRI o la anarquía, ¿qué prefieren?, de modo que
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