Page 96 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            capturado, pudieses hablar con tu carcelero, el prisionero que terminó de cumplir su sentencia,
            salió al mundo y en seguida te hizo prisionero a ti...

               Tú y tus amigos tampoco se miraban entre sí. Tenían miedo de ofenderse con la mirada. El
            contacto de los ojos era peor, más peligroso que el de las manos, el sexo, la piel. Era preciso
            evitarlo. Ustedes eran muy hombres porque nunca se dirigían la mirada, caminaban por las calles
            del pueblo mirándose las puntas de los zapatos y a los demás, invariablemente, los veían con
            algo feo, desdén o provocación, burla o inseguridad. Pero el Paquito sí te miró, te miró derecho,
            muerto de susto pero directo, y eso no se lo perdonaste, por eso lo agarraste a golpes, le
            zurraste...

               Pasan cien, doscientos venados color de durazno  maduro  corriendo  por  las  tierras  de
            Extremadura, como si buscaran el refuerzo final de su número. El viejo los mira y te dice que no
            mires a los venados, que mires arriba, a los buitres que circulan ya en espera de que algo  le
            ocurra a un venado...

               —Hay jabalíes también —dijiste por decir algo, por animar la conversación con el  padre,  el
            verdugo, el vengador del idiota Paquito.

               —Ésos son los peores —te contestó el viejo—. Son los más cobardes.

               Dijo que los jabalíes viejos, antes de bajar al agua, mandaban por delante a los críos y a las
            hembras, a los machos jóvenes y a las hembras, guiados por el viento y el olfato para comunicarle
            al jabalí viejo que el camino estaba libre para ir a beber. Sólo entonces descendía al agua el viejo
            jabalí.

               —A los machos jóvenes que van por delante los llaman escuderos —dijo el viejo, primero con
            seriedad, luego ganado poco a poco por la risa—. Los jóvenes escuderos son  los  que  son
            cazados, los que mueren. En cambio el jabalí viejo cada vez sabe más por viejo, deja que los
            críos y las hembras se sacrifiquen por él...

               Ahora sí, ahora sí volvió a verte con una mirada roja, encendida como una brasa reavivada, la
            última brasa en el centro de la ceniza que todos creían muerta.

               —Se ponen grises de viejos. Los jabalíes. Salen sólo de noche, cuando los críos ya fueron
            cazados o regresaron vivos a decir que el camino está despejado.

               Reía con ganas.

               —Sólo  salen  de  noche. Se vuelven grises con el tiempo. Se les retuerce el colmillo. Jabalí
            viejo, colmillo torcido.

               Dejó de reír y se pegó con un dedo sobre los dientes.

               Te contrató el auto de este lado del túnel. No necesitó decirte que confiaba en tu honor. Te
            dejaba solo para ir del otro lado. Tomaba catorce minutos exactos  cruzar  el  túnel  de  la  Luna.
            Mediría el tiempo de tu salida. A los quince minutos, tú te darías la vuelta para entrar otra vez al
            túnel y él, el viejo, empezaría a correr en sentido contrario.

               —Adiós —dijo el viejo.

                Salieron de la carretera entre el humo de la central eléctrica mezclado con la neblina de las
            altas montañas, junto a pozos de hulla abandonados que cicatrizaban lentamente en la tierra. Los
            chicos jugaban fútbol. Las viejas se encorvaban sobre las hortalizas. El hormigón, las varas, los
            bloques de cemento y los muros de contención iban desmontando la tierra para dar paso a la
            carretera y a la sucesión de túneles que penetraban, venciéndola, la Sierra Cantábrica. Era una
            espléndida carretera y Leandro conducía el Mercedes de su jefe de prisa, con una sola mano. Con
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