Page 241 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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setenta  y  cinco  por  ciento  de  los  ingresos  del  Teatro

               Parnasse.




                 Miranda comprobó su escenario media hora antes para

              realizar un diagnóstico de su rejilla tatuada. Los ʹsitos

              no duraban para siempre; la electricidad estática o los


              rayos  cósmicos  podían  sacarlos  de  su  posición,  y  si

              dejabas que tu instrumento de trabajo se arruinase por


              pura vagancia, no merecías llamarte ractor.



                 Miranda  había  decorado  las  paredes  muertas  de  su


              propio escenario con pósters y fotos de modelos, en su

              mayoría actrices de los pasivos del siglo veinte. Tenía una


              silla en una esquina para papeles que exigían sentarse.

              También había una pequeña mesa de café donde colocó su

              latte triple, una botella de dos litros de agua mineral y


              una caja de pastillas para la garganta. Luego se quitó la

              ropa y se quedó en leo‐tardos y mallas negras, colgando

              la ropa de calle tras la puerta. Otro ractor se hubiese


              quedado  desnudo,  hubiese  vestido  ropas  de  calle  o

              hubiese  intentado  encajar  el  traje  con  el  papel  que

              interpretaba, si era lo suficientemente afortunado para


              saberlo  por  adelantado.  En  esa  época,  sin  embargo,

              Miranda  nunca  lo  sabía.  Tenía  pujas  para  Kate  en  la


              versión ractiva de La fierecilla domada (que era una

              carnicería,  pero  popular  entre  cierto  tipo  de  usuario


                                                                                                  241
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