Page 142 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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La hora siguiente es un borrón, y después de un rato
Isidore se olvida del periodista. Hace calor, y
absolutamente todo lo que dice todo el mundo suena
muy raro. Pixil lo lleva de un grupo de zokus a otro.
Hablan con dioses cuánticos sentados en círculos y
discuten sobre cuál de ellos es un hombre‐lobo.
Superhéroes de piel pálida con trajes de látex que no
son de su talla le hacen preguntas sobre los
tzaddikim. Y es difícil pensar en otra cosa que no sea
la delicada mano de Pixil, cálida entre sus omoplatos.
—¿Podemos buscar un sitio más tranquilo? —
pregunta, al cabo.
—Claro que sí. Quiero ver los entrelazamientos.
Encuentran un diván alejado de la zona principal de
la fiesta y se instalan en él. Los entrelazamientos son
espectaculares. La gente acopla sus contenedores de
qubits —mochilas de propulsores, pistolas de rayos y
espadas mágicas— a enormes máquinas de Rube
Goldberg erizadas de fibras ópticas y cables. Debido
a lo primitivo de los equipos, los entrelazamientos no
siempre tienen éxito, pero cuando lo hacen, surgen
arcos eléctricos de bobinas de Tesla, atronadores
efectos de sonido y risas estridentes. El olor a ozono
que flota en el aire despeja un poco la cabeza de
Isidore.
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