Page 187 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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con un brazo parecido a una quijada. Isidore descubre


           que  su  atuendo  se  corresponde  con  el  de  un  noble


           marciano: lleva puesta una capa que ondea sobre el


           jubón  oscuro  de  tela‐q,  y  porta  una  espada.  Está


           rodeado por completo de personas cuyas galas son


           aún más recargadas, bañadas por la luz de Fobos que


           penetra por un gran ventanal desde el que se divisa la


           ladera del monte Olimpo. El techo abovedado que se


           arquea  a  lo  lejos,  sobre  sus  cabezas,  parece  un


           firmamento espolvoreado de oro.



           Todo  da  la  impresión  de  ser  completamente  real.


           Desconcertado, acepta la copa.



           —¿Me concedes este baile?




           La mujer que le tiende la mano es alta y lleva puesta


           una  máscara  veneciana;  un  entramado  de  joyas  y


           correas contiene a duras penas la rotundidad de sus


           curvas,  ceñidas  por  una  piel  asombrosamente


           cobriza.  Desconcertado  todavía,  Isidore  se  deja


           conducir  hasta  un  claro  en  medio  de  la  multitud,


           donde  un  gógol  artrópodo  utiliza  sus  múltiples


           apéndices para arrancar una melodía dolorosamente


           bella a sus flautas de bronce. La mujer se mueve con


           delicadeza,  de  puntillas,  dejándose  guiar  como  la


           pluma de un escritor; la mano de Isidore reposa en el


           suave contorno de su cadera.











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