Page 198 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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por  volver  a  pintar  Marte  de  verde.  Pero  antes  o


           después siempre llegan los foboi.



           Unos ascensores los aguardan en el fondo de la Torre.


           Los  Resurrectores  reparten  entre  ellos  luciérnagas


           guía,  acompañadas  de  la  orden  estricta  de  regresar


           antes del mediodía. Uno de ellos ayuda a Isidore a


           ponerse el traje simbionte, fabricado en la Oubliette


           con  materiales  programables  modernos,  aunque  su


           diseño peque de recargado y el exceso de bronce y


           cuero le confiera la apariencia de un antiguo traje de


           buzo. Con los aparatosos guantes le cuesta sostener el


           ramo de flores que ha comprado. Se amontonan en el


           ascensor —una sencilla plataforma suspendida de un


           cable           de         nanofilamento—                         tras         cruzar             un


           compartimento estanco  y  descienden a  través  de  la


           niebla naranja, meciéndose con el vaivén de la ciudad.


           Salen  a  la  superficie  convertidos  en  figuras  de


           movimientos torpes, con cascos como campanas, en


           pos de sus respectivas luciérnagas.



           La  inmensa  masa  de  la  ciudad  se  cierne  sobre  sus


           cabezas como un segundo firmamento, más pesado


           que  el  real,  con  fracturas  y  fisuras  allí  donde  se


           conectan las numerosas plataformas que se mueven y


           fluctúan  con  parsimonia,  como  piezas  de  relojería.


           Desde  esta  atalaya,  las  patas  —un  bosque  de


           columnas  tachonadas  de  articulaciones—  parecen









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