Page 202 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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platos. Quizá Élodie estuviera en lo cierto, piensa. Todo
esto es injusto.
—Tengo que decirte una cosa —comienza. La culpa le
atenaza los músculos de la espalda, los hombros y el
vientre, tan húmeda y pesada como el viejo del mar.
Es difícil hablar estando en sus garras—. Cometí una
estupidez. He hablado con un periodista. Estaba
borracho.
Sintiéndose débil, se sienta en la arena y sostiene la
estatuilla de su padre en una mano.
—Fue inexcusable. Lo siento. Ya he tenido algunos
problemas, y puede que tú los tengas también.
En esta ocasión son dos las estatuillas: la de mayor
tamaño está rodeando con un brazo los hombros de
la pequeña.
—Sé que confías en mí —dice Isidore—. Sólo quería
avisarte. —Se pone de pie y contempla el relieve:
caballos al galope, figuras abstractas, caras, Nobles,
Aletargados. El traje simbionte deja pasar algo del
olor a pólvora de la piedra recién trabajada—. El
reportero me preguntó que por qué me gusta resolver
los problemas. Le conté cualquier tontería.
Hace una pausa.
—¿Recuerdas su aspecto? ¿Te dejó eso al menos?
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