Page 201 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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El  Aletargado  interrumpe  su  trabajo  y  se  gira  muy


           despacio  hacia  Isidore.  El  caparazón  de  metal


           chasquea y rechina al enfriarse. Isidore experimenta


           el escalofrío de costumbre, motivado por la certeza de


           que  también  él  ocupará  un  cuerpo  como  ése  algún


           día. En medio de la polvareda naranja, su padre se


           cierne sobre él como un árbol de cuchillas mientras las


           revoluciones  de  los  mecanismos  de  sus  manos


           aminoran de modo gradual.



           —Te he traído flores.



           Componen  el  ramo  las  favoritas  de  su  padre,


           azucenas altas de Argyre; lo deja con cuidado en el


           suelo.  Su  padre  lo  recoge  con  delicadeza,  con


           exagerado cuidado. Las cuchillas se ponen en marcha


           de nuevo por unos instantes; los arácnidos apéndices


           moldeadores  ejecutan  su  danza.  El  Aletargado


           deposita una estatua diminuta ante Isidore, hecha del


           mismo  material  oscuro  que  la  muralla:  un  hombre


           haciendo una reverencia, sonriente.




           —De nada —dice Isidore.



           Se quedan en silencio un momento. Isidore contempla


           los  relieves  desportillados  de  la  muralla,  todos  los


           rostros y los paisajes que su padre ha labrado en ella.


           Hay un árbol primorosamente trabajado en la piedra,


           con las ramas cargadas de búhos con los ojos como










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