Page 199 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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demasiado frágiles como para aguantar tanto peso. La
posibilidad de que el cielo se desplome sobre sus
cabezas consigue que Isidore se ponga nervioso, de
modo que al cabo de un rato decide no volver a
apartar la mirada de la luciérnaga.
La arena que pisa se ve prensada por las patas, las
orugas y los demás medios de locomoción de los
Aletargados, que aquí se encuentran por todas partes,
diminutos, escabulléndose bajo los pies de Isidore
como si éste fuera una ciudad gigante que estuviese
atravesando sus tierras. Los Aletargados
terraformadores, más grandes que cualquier persona,
se desplazan en manadas mientras bregan con las
algas y el regolito. Un atlas Aletargado se cruza en su
camino, haciendo temblar el suelo, una oruga con seis
apéndices de tamaño superior al de un rascacielos,
camino de corregir el equilibrio de alguna de las patas
de la ciudad o de controlar que el terreno esté libre de
peligros antes de completar su arco. Isidore ve a lo
lejos una fábrica de aire Aletargada, una central con
ruedas de tanque que constituye una pequeña ciudad
en sí misma, sobrevolada por enjambres de
Aletargados. Pero la luciérnaga no permite que se
rezague, sino que continúa guiándolo por la sombra
de la ciudad a paso ligero, hacia el lugar elevado
donde su padre está ayudando a construir las
murallas de los foboi.
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