Page 204 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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El Aletargado se mece como un árbol al viento. Crea


           otro par de estatuas, de rasgos familiares, cogidas de


           la mano.



           —Pixil está bien —dice Isidore—. No… no sé hacia


           dónde  vamos.  Pero  en  cuanto  lo  averigüemos,  la


           traeré para que os veáis otra vez.



           Se  sienta  de  nuevo,  con  la  espalda  apoyada  en  la


           pared.




           —¿Por qué no me cuentas qué has estado haciendo?



           De  regreso  en  la  ciudad,  a  la  brillante  luz  diurna,


           Isidore se siente más ligero otra vez, y no sólo por la


           ausencia del peso del traje simbionte. En uno de sus


           bolsillos viaja la primera de las estatuas de su padre:


           su solidez resulta reconfortante.



           Decide regalarse un almuerzo en uno de los elegantes


           locales  italo‐chinos  de  la  Avenida  Persistente.  El


           Heraldo de Ares continúa aireando su historia, pero en


           esta ocasión Isidore logra concentrarse en la comida.



           —No se preocupe usted, monsieur Beautrelet —dice


           una voz—. La publicidad siempre es positiva.



           Sobresaltado,  Isidore  levanta  la  cabeza.  Hay  una


           mujer sentada al otro lado de la mesa. No ha notado


           el  menor  estremecimiento  en  su  gevulot.  Posee  un


           cuerpo de diseño, alto y joven, y unas facciones cuya


           belleza  poco  convencional  se  intuye  calculada:  el







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