Page 286 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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Mucho más tarde, llegamos a su apartamento entre


           risas,          haciendo               eses         y       deteniéndonos                      para


           toquetearnos al amparo de un gevulot difuminado. Y


           a la vista de todos, a veces. Me siento embriagado por


           un  cóctel  emocional:  pasión  mezclada  con  culpa


           mezclada  con  nostalgia,  propulsándome  en  una


           trayectoria que desemboca en una colisión con la dura


           e implacable superficie del presente.



           Vive  en  una  de  las  torres  invertidas,  debajo  de  la


           ciudad. Le beso el cuello mientras descendemos en el


           ascensor, mis manos deambulan sin rumbo fijo bajo


           su  blusa,  sobre  su  vientre  sedoso.  Se  ríe.  El  motor


           pirata  está  registrando  cada  roce,  cada  caricia


           compartida que nos permitimos recordar, excavando


           sin misericordia en su gevulot.



           Una  vez  en  el  interior,  se  zafa  de  mi  abrazo  y  me


           apoya un dedo en los labios.




           —Ya que vamos a recordar esto —dice—, hagamos


           que sea verdaderamente memorable. Ponte cómodo.


           Enseguida vuelvo.



           Me siento en su diván y me dispongo a esperar. El


           apartamento tiene los techos altos, y en sus estanterías


           conviven  obras  de  arte  marcianas  y  reliquias


           terrestres.  Me  resultan  familiares.  Una  vitrina  de


           cristal contiene una pistola antigua, un revólver, que


           me  provoca  incómodos  recuerdos  de  la  Prisión.






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