Page 482 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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escenas a cámara lenta. Me suenan: un joven en una


           celda, leyendo un libro. Una tienda oscura, con una


           mujer  sentada  en  un  rincón,  tarareando  mientras


           prepara la comida sobre una humilde fogata. Atisbo a


           Raymonde desnuda, con la cara de cera, tocando el


           piano  con  dedos  lentos  y  torpes.  Cadáveres  todos,


           autómatas;  de  pronto  comprendo  el  verdadero


           significado de «recuerdo lejano».



           Pero no es hasta que me conducen al taller, con los


           moldes,  el  tanque  de  cera  caliente  y  el  afilado


           instrumental, que empiezo a gritar.



           Se  produce  una  discontinuidad.  Cuando  termina,


           Isidore todavía sostiene la mano de Pixil. Pestañea. El


           aire huele a polvo y a cera. Se encuentran en lo que


           parece  el  taller  de  un  torturador,  pero  con  altas


           ventanas ornamentadas que dan a un jardín. El ladrón


           está  sujeto  con  correas  a  una  mesa  alargada,  con


           criaturas de cuentos de hadas cerniéndose sobre él: un


           lobo con ropas de mujer, un hombre bigotudo y una


           doncella  cuyo  atuendo  parece  sacado  de  la  historia


           antigua de la Tierra. Las zarpas y las manos de cera


           empuñan afilados cuchillos curvos.




           Pixil da un salto adelante. La espada sale de su funda


           con un silbido metálico y corta a derecha e izquierda,


           a  través  de  la  cera  y  el  bronce.  Una  cabeza  peluda


           vuela por los aires; del cráneo perforado del hombre







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