Page 345 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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conociera los animales salvajes, tenía una memoria
instintiva que había heredado de millares de
generaciones de perros, y había olfateado al instante la
presencia del lince. Al cabo de dos horas no pude
soportar más el sufrimiento de mi animal: saqué la piel
del piso y se la devolví al cazador con una disculpa.
Pero mi relación con el perro no volvió de inmediato a
la normalidad: durante algún tiempo desconfió de mí,
lo cual era totalmente comprensible.
Cuento todo esto porque la situación con la que me
encontré al regresar a la cocina era la misma: mi perro
se había quedado inmóvil en un rincón, se le había
erizado el pelaje de la nuca, las patas le temblaban,
abría y cerraba la boca, pero en esta ocasión lo único
que se oía era un gimoteo casi imperceptible. Sus ojos
miraban al vacío, no muy lejos del lugar donde yo me
encontraba. Era obvio que miraba algo que mis ojos no
veían... un animal de presa todavía más temible que el
lince siberiano, un peligro que le hacía temer incluso
por su vida... tan sólo cuando me volví hacia mi perro
creí distinguir por el rabillo del ojo una sombra borrosa,
medio transparente, que se acercaba poco a poco hacia
mí. Pero en ese mismo instante, por fin, mi perro se
puso a ladrar y el espectro se desvaneció, como jirones
de niebla arrastrados por una borrasca.
Me reanimé. En la penumbra, volví los ojos hacia el
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