Page 359 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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hubiera roto y la corriente me arrastrara sin piedad.
Pero me convencí de que aún tenía posibilidades de
escapar de esta historia, de cambiar de opinión, de
retirarme, de salvarme.
No lograba dormir, aun cuando la noche pasada no
hubiera descansado más que unas pocas horas. Me pasé
toda la mañana escoba y trapos en mano, barriendo el
suelo, quitando el polvo a los muebles y haciendo
desaparecer del piso entero los restos del yeso que se
había desprendido. Lo hice a conciencia, como si con
ello pudiera borrar de mi mente todo rastro del
terremoto, cerrar los ojos frente a las evidentes pruebas
que confirmaban mi hipótesis, pedir perdón a los
demonios y regresar a mi vida habitual. En cuanto mi
piso hubo recobrado su aspecto anterior (tan sólo
habría que arreglar y volver a pintar el techo), me había
decidido ya a no trabajar más en el libro. Se oyó un
suave tintineo en el pasillo. El teléfono.
—¿Dmitry Alexeyevich? —Era la voz de una joven.
Pensé al instante que debía de ser bella; por lo
general, solamente las locutoras de radio de los
primeros programas de la mañana tienen un timbre de
voz tan ligero. Era una labor tan difícil, tan cargada de
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