Page 424 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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—Y usted, ¿por qué no me había dicho nada sobre
el fin del mundo?
—¿Qué... usted también está al corriente? —No se
me ocurrió hacerme el tonto, ni justificarme. Lo único
que sentí fue un inmenso alivio al saber que había otra
persona que compartía mi secreto, que existía un alma
viva con la que podría discutir seriamente la situación
sin miedo de que me mandaran al psiquiátrico—.
¿Cómo se ha enterado? ¿Piensa usted que es verdad?
—Por teléfono, no —me respondió secamente—.
Eso ya tendría que saberlo usted. Se lo repito:
espérenos, y esté alerta.
Se oyó un clic en el receptor y luego el típico y
monótono crujido. Durante un minuto largo, escuché
los tonos breves, y luego, por fin, colgué el teléfono y
encendí de nuevo las luces. Regresé a la habitación y
examiné con prudencia el espejo: ni rastro de fuerzas
sobrenaturales. El hechizo debía de haberse roto en el
mismo momento en el que había sonado el teléfono. Se
me ocurrió que el carácter prosaico del policía tal vez
me protegiera de lo inexplicable, que el puño de hierro
de la policía quizá fuera más fuerte que el mortal
abrazo de los tentáculos que amenazaba con
arrastrarme a los cenagales de Yucatán.
Yo no le había confiado mi secreto al detective, y,
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