Page 492 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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como suele ocurrir en los sueños, sino que parecían
auténticas. Pero no encontré ningún indicio del
terremoto que había tenido lugar. Figuras grises, sin
rostro —los extras habituales de mis visiones
nocturnas—, iban de un lado para otro ocupándose de
sus imaginarios asuntos. Nada especial: un sueño como
cualquier otro, aparte de que el perro se comportase de
una manera extraña.
Cuando le soltaba la correa, no se marchaba
corriendo alegremente, sino que me lanzaba miradas de
súplica, me mordía el abrigo y tiraba hacia sí, caminaba
en una determinada dirección, se daba la vuelta y me
ladraba en tono de reproche, furioso por mi falta de
inteligencia.
Me condujo hasta el lugar donde, de manera
incomprensible, los vibrantes y mágicos caminos de
toda esta historia se entrelazaban con el antiguo libro
español: hasta la antigua biblioteca infantil.
El animal me llevó al otro lado de la manzana y se
quedó inmóvil frente a una puerta de hierro, una puerta
alta, que se encontraba entre dos casas familiares
antiguas enjalbegadas en amarillo, y se puso a ladrar
con fuerza. Si no me hubiese llevado hasta allí, no me
habría fijado en esa puerta, porque parecía la entrada al
patio de una tienda de alimentación o de un edificio
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