Page 561 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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primer amor. Éstos son los pilares sobre los que reposa
el microcosmos de cada una de las personas. En la
infancia y la juventud, dicho microcosmos existe y es
perceptible, mientras todas las personas amadas
permanezcan entre los vivos. Miríadas de finas hebras
nos unen a cada uno de ellos: pensamientos idénticos,
vacaciones que hemos pasado juntos, amoríos livianos
y cargados de emoción, una mano tendida en el
momento justo. Al entretejerse en un único tapiz de
recuerdos y vivencias, todas esas personas contribuyen
a la sedosa textura de nuestra realidad, de nuestro
mundo, de nuestra vida.
Pero los años pasan, y todos ellos, uno tras otro, nos
abandonan, se transforman en espíritus sin cuerpo y
hallan su último refugio en nuestra memoria. Para que
sus voces familiares resuenen en nuestro cerebro
aunque sea por una fracción de segundo, para arrancar
al olvido el hechizo de su sonrisa, nos pasamos horas y
horas inmersos en la contemplación de sus fotografías.
El dolor que sentimos al perder a un ser querido no se
supera jamás. El tiempo lo entumece.
A medida que ellos mueren, nuestro universo se
traslada a otra dimensión, a la esfera de nuestras
fantasías, de nuestro recuerdo. Se desliza lentamente
hacia el pasado, vivimos cada vez menos en el hoy. Nos
sumergimos cada vez con mayor frecuencia en el ayer,
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