Page 560 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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sonrió—. Ya lo sé.
El ascensor se precipitó en el abismo con
inimaginable estruendo y rabiosa velocidad. Llegué a
temer que como castigo por mi incredulidad me
hubieran mandado al Infierno. Pero al cabo de pocos
minutos salí al polvoriento corredor del museo. O
Itzamná me estaba agradecido de verdad, o es que no
existe ningún otro Infierno aparte del que nosotros
habitamos.
Salí a la calle por la puerta principal, que encontré
gracias a los indicadores del museo. Mientras caminaba
por calles concurridas, me acordé de nuestra
conversación. Knorozov no había querido escucharme.
¿Quién de los dos había comprendido bien el mensaje
de Casas del Lagarzo? ¿Qué nos aguardaba tras la línea
de llegada? ¿Había que temerla?
Al cabo, la vida del hombre no es más que una
lenta muerte. Y no nos morimos nosotros solos, sino
que es el mundo que nos rodea el que poco a poco se
marchita. Durante los primeros años de nuestra vida se
encuentra en su flor. (¿No es por eso por lo que
nuestros recuerdos de infancia siempre están bañados
en luz?) Nos rodean las personas más cercanas: el
padre, la madre, la abuela, el abuelo, luego los amigos
del jardín de infancia y de la escuela, y germina el
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