Page 110 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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muerto, como un vapor de incienso y corrupción.


            Estuve en los linderos del bosque, contemplando



            la pomposa procesión de las digitales irguiéndose


            por encima de los helechos y brillando al sol, y más


            allá,  en  los  espesos  matorrales  de  maleza  donde


            brotan  manantiales  de  las  rocas,  que  alimentan


            malsanas  y  nocivas  plantas  acuáticas.  Pero  en


            todos  mis  vagabundeos  evité  cierta  parte  del


            bosque. Hasta ayer no ascendí a la cumbre de la



            colina, dirigiéndome a la antigua calzada romana


            que atraviesa la cresta más alta del bosque. Por allí


            pasearon Helen y Rachel, a lo largo de esa discreta


            calzada  que  discurre  por  encima  de  la  hierba,


            encajonada a ambos lados por elevados taludes de


            tierra roja, y altos setos de relucientes hayas. Allí


            seguí sus pasos, asomándome de vez en cuando


            por  entre  los  huecos  que  dejaban  las  ramas  y


            viendo extenderse el bosque en todas direcciones,



            hundiéndose en la vasta llanura, y más allá el mar


            amarillo y las tierras al otro lado del mar. Por el


            otro  lado  estaba  el  valle,  el  río,  una  sucesión  de


            colinas encadenadas unas a otras como olas en el


            mar, el bosque, el prado y el trigal, punteados de


            casas blancas, una barrera de montañas y, al norte,


            lejanos  picos  azules.  Y  de  esta  manera  llegué



            finalmente al lugar. El sendero ascendía por una


            suave  pendiente  y  se  ensanchaba  en  un  espacio

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