Page 105 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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se lo entregue, debidamente sellado, a mi amigo D., en
cuya discreción confió, para que lo utilice o lo queme
según lo juzgue conveniente.
Como es natural, hice cuanto me sugirió mi ciencia
para asegurarme de que no estaba sufriendo una
alucinación. Lleno de asombro, al principio apenas
pude pensar; pero, al cabo de un minuto, tuve la
seguridad de que mi pulso latía con regularidad y que
me hallaba en mis cabales. Entonces clavé los ojos
silenciosamente en lo que tenía delante.
Aunque el horror y la náusea más repugnante se
apoderaron de mí y el hedor de la corrupción me dejó sin
respiración, permanecí firme. Entonces tuve el
privilegio o la maldición (no me atrevería a decir cuál de
los dos) de ver cómo se transformaba ante mi vista lo que
yacía encima de la cama, negro como la tinta. La piel, la
carne, los músculos, los huesos y la firme estructura del
cuerpo humano, que yo creía inmutable y permanente
como el diamante, empezaron a fundirse y disolverse.
Yo sabía que el cuerpo puede ser dividido en sus
elementos bajo la acción de agentes externos, pero no
podía aceptar lo que veía. Pues alguna fuerza interna, de
la que nada sabía, estaba provocando aquella disolución
y aquel cambio.
También veía repetirse ante mis ojos todo el proceso
evolutivo del hombre. Veía cómo la fórmula fluctuaba
entre uno y otro sexo, se fraccionaba sucesivamente y
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