Page 302 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
P. 302
por entre los arbustos, y una enorme ortiga me
picó en la pierna, abrasándomela, pero no me
importó, y aunque sentí el escozor de las ramas y
las espinas, únicamente reía y cantaba. Cuando
abandoné la espesura llegué a un valle cerrado, un
lugar secreto semejante a un sombrío pasadizo, de
tan angosto y profundo que era y tan espesos los
bosques que lo circundaban.
Allí, sobre una escarpada ladera poblada de
árboles, los helechos se conservan verdes todo el
invierno, cuando los de la colina se mueren y
amarillean, y despiden un olor dulce y fuerte
parecido al que rezuma de los abetos. Un arroyo
descendía por el valle, tan pequeño que pude
cruzarlo fácilmente. Bebí agua en mi mano y la
saboreé como si se tratara de un ilustre vino
dorado. Brillaba y burbujeaba al correr sobre
hermosas piedras rojas y amarillas, de manera que
parecía viva y con todos los colores al mismo
tiempo. Volví a beber más en mi mano, pero como
no me bastaba, me tumbé en el suelo, agaché la
cabeza y sorbí el agua con los labios. Bebiéndola de
esta forma la saboreaba mucho mejor: las olas
llegaban a mi boca y me besaban, y yo me reía y
volvía a beber, imaginando que la que me besaba
era una ninfa, como la del viejo cuadro de mi casa,
que vivía en el agua. Así que me incliné otra vez
301

