Page 303 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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hasta rozar suavemente el agua con los labios y le


            susurré a la ninfa que volvería. Estaba segura de



            que  aquella  agua  no  era  normal,  y  cuando  me


            levanté  y  proseguí  mi  marcha,  bailé  de  nuevo  y


            ascendí  al  valle,  bajo  la  mirada  de  las  lúgubres


            colinas.  Al  alcanzar  la  cumbre,  el  suelo  se  elevó


            delante de mí, alto y escarpado como un muro, y


            no se veía más que ese muro verde y el cielo. Pensé


            en aquello de « por siempre jamás, por los siglos



            de los siglos. Amén» , pues realmente debía haber


            llegado al fin del mundo, ya que aquello parecía el


            final de todo, como si más allá no pudiera haber


            nada  excepto  el  reino  de  Voor,  donde  va  la  luz


            cuando se apaga y corre el agua cuando el sol se la


            lleva.


              Empecé a pensar en el largo camino recorrido, en


            cómo había encontrado un arroyo y había seguido


            su curso a través de arbustos, matorrales espinosos



            y sombríos bosques cubiertos de espinos rastreros.


            Luego me había arrastrado por un túnel bajo los


            árboles,  había  trepado  por  entre  los  matorrales,


            había  contemplado  las  rocas  grises  y  me  había


            sentado en medio de ellas cuando daban vueltas;


            después había seguido adelante por entre las rocas,


            había  bajado  la  colina  por  entre  matorrales



            urticantes y había escalado el sombrío valle por un


            sendero muy largo.

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