Page 390 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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era, desde luego, una mujer perspicaz: existía en


            Marsh una indudable falta de sinceridad.



              Last dejó sobre la mesa el espantoso volumen y


            anduvo por el jardín de un lado a otro, sintiéndose


            muy preocupado. Sabía que había estado violento


            durante  la  cena,  y  dijo  que  se  sentía  un  poco


            pachucho, con tendencia al dolor de cabeza. Marsh


            estuvo afable y alegre, como siempre, y su esposa


            simpatizó con Last.



            Apenas  había  dormido  en  toda  la  noche,  se


            lamentaba, y se sentía abatida y cansada. Pensaba


            que  había  amenazas  en  el  ambiente.  Last,


            admirando su belleza, confesó una vez más que la


            señorita Pilliner llevaba razón. Dejando aparte su


            fatiga  momentánea,  había  en  ella  una  cierta


            languidez tropical, algo de las noches apacibles y


            ardientes y de la fragancia de las flores exóticas.



              Marsh  sacó  un  brandy  muy  especial  que


            administró  con  el  café,  diciendo  que  curaría  a


            ambos              enfermos                y       les        haría           compañía.


            Efectivamente,  Last  tuvo  que  confesar  que  se


            sentía considerablemente más a gusto después de


            la excelente cena, el buen vino y el raro brandy.


            Aunque  humillante,  era  imposible,  seguramente,



            negar  la  influencia  del  estómago.  Last  se  retiró


            pronto a su habitación, tratando de convencerse de


            que  la  doblez  de  Marsh  no  era  asunto  suyo.

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