Page 393 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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embargo, el párroco les había visitado; el párroco


            y  su  esposa  fueron  los  primeros;  ella,  animada,



            jovial y parlanchína, y él, algo sombrío e indeciso.


            Se suponía que el párroco, en sus tiempos un gran


            pendenciero, repartía su ocio entre su jardín y la


            invención  de  un  ingenio  volador.  Tenía  la


            reputación de ser ligeramente excéntrico. Él nunca


            volvió, pero la señora Winslow solía pasar por el


            camino forestal en su carruaje de dos ruedas con



            sus dos hijos: Nancy, una preciosa chica rubia de


            diecisiete años, y Ted, un muchacho de once o doce


            años,  de  esa  clase  que  Last  catalogó  como


            gordinflones  y  pesados,  de  corpulenta  y  tosca


            complexión,  con  abultados  ojos  y  mejillas  y  un


            poco de la resuelta expresión de un cachorro de


            bulldog.  Después  del  té,  Nancy  solía  organizar


            juegos para los dos niños en el jardín, a los que se


            unía personalmente con aparente fruición. Henry,



            que  conocía  a  pocos  compañeros  aparte  de  sus


            padres,  y  probablemente  nunca  había  jugado  a


            ningún tipo de juego, protestaba con deleite, corría


            de  un  lado  para  otro,  se  escondía  detrás  del


            cenador,  y,  con  el  mayor  placer,  abandonaba


            súbitamente la protección de las judías verdes, y


            Ted Winslow se le unía con un aire de protesta.



            Estaba de vacaciones y su expresión indicaba que


            ese tipo de cosas sólo eran apropiadas para chicas

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