Page 399 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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haber otra explicación. Y ¿qué podía hacer él sino


            abandonar este terrible lugar?



              Last no pudo conciliar el sueño. Se desvistió y se


            metió  en  la  cama,  y  estuvo  dando  vueltas  en  la


            penumbra de la noche veraniega. Luego encendió


            su lámpara y se volvió a vestir, preguntándose si


            no  sería  mejor  escabullirse  sin  decir  palabra,


            caminar  las  ocho  millas  hasta  la  estación,  y


            escaparse en el primer tren que fuera a Londres.



            No era solamente su aversión por el hombre y sus


            obras;  el  miedo  también  le  incitaba  a  huir  de  la


            Casa  Blanca.  Estaba  seguro  de  que  si  Marsh


            adivinaba  sus  sospechas,  su  vida  podía  correr


            peligro.  Aquel  hombre  maligno  no  conocía  la


            clemencia ni los escrúpulos. Incluso podía estar en


            su  puerta,  escuchando,  acechando.  Sólo  de


            pensarlo se le helaba el corazón y el sudor frío le


            caía  a  borbotones.  Iba  y  venía  por  la  habitación,



            descalzo,  deteniéndose  de  vez  en  cuando  a


            escuchar  hasta  el  más  leve  paso  en  el  exterior.


            Cerró la puerta lo más silenciosamente que pudo y


            se sintió más seguro. Esperaría hasta el amanecer


            en que la gente alborota toda la casa, y entonces


            podría aventurarse a salir y escaparse.



              Y,  sin  embargo,  cuando  oyó  la  agitación  de  los


            criados en sus ocupaciones, vaciló. El sol brillaba


            en el valle, y la niebla que cubría el plateado río se

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