Page 40 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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uniforme reglamentario de hombre de ciudad,
aseado, lustroso y fundamentalmente
acomodado. Villiers acababa de salir de un
restaurante, después de una excelente y
abundante cena, regada con una aceptable
botella de Chianti. Presa de ese estado de ánimo
que era casi crónico en él, se había demorado un
momento junto a la puerta, escudriñando a su
alrededor en la poco iluminada calle, en busca de
esos misteriosos incidentes y personajes que
pululan por las calles de Londres en cualquier
barrio y a cualquier hora. Villiers se vanagloriaba
de ser un experto explorador de esos recónditos
laberintos y callejuelas poco frecuentadas de la
vida londinense, y en esa poco provechosa
búsqueda desplegaba una asiduidad digna de
mejor empleo. Así pues, permanecía junto al
farol, examinando a los transeúntes con mal
disimulada curiosidad y, con esa gravedad sólo
conocida por los asiduos a su mesa, acababa de
enunciar mentalmente el siguiente axioma: «
Londres ha sido llamada la ciudad de los
encuentros, pero es más que eso, es la ciudad de
las resurrecciones» .
De pronto, estas reflexiones se vieron
interrumpidas por un patético gemido, cercano a
él, y una deplorable petición de limosna.
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