Page 45 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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despidió, tras darle una pequeña cantidad de
dinero.
—Por cierto, Herbert —dijo Villiers al despedirse
en la puerta—, ¿cómo se llamaba tu esposa? Dijiste
Helen, ¿verdad? ¿Helen qué?
—El nombre por el que se hacía pasar cuando la
conocí era Helen Vaughan, pero no podría decirte
cuál es su verdadero nombre. No creo que tuviera
nombre. No, no en ese sentido, no. Sólo los seres
humanos tienen nombre, Villiers; no puedo decirte
más. Adiós. Descuida. No dejaré de llamarte si
considero que puedes ayudarme en algo. Buenas
noches.
El hombre salió a la glacial noche y Villiers volvió
a su chimenea. Había algo en Herbert que le había
impresionado indeciblemente; no eran sus
humildes harapos ni las marcas que la pobreza
había impreso en rostro, sino más bien un terror
indefinido que flotaba su alrededor como una
neblina. Él mismo había admitido que no estaba
exento de culpa; la mujer —lo había confesado—
había corrompido su cuerpo y su espíritu, y
Villiers presintió que ese hombre que antaño fuera
su amigo debía de haber presenciado escenas cuya
perversidad sería intraducible a palabras. Su
historia no necesitaba confirmación: él mismo era
la prueba viviente. Villiers reflexionó con
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