Page 434 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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del sendero divisé el empañado espejeo del mar en


            calma, y escuché a lo lejos el grave murmullo de



            las olas al estrellarse contra la pequeña, escondida


            y cerrada bahía de Llantrisant. Entonces pensé que


            si había un paraíso en la carne y la bebida, tanto


            más lo había en el perfume de las hojas verdes al


            atardecer, en la vista del mar y en el color rojo del


            cielo. Y en esto tuve una visión imprecisa de un


            mundo  real  que  nos  rodeaba  todo  el  tiempo,  de



            una  lengua  que  era  secreta  sólo  porque  no  nos


            habíamos  tomado  la  molestia  de  escucharla  y


            discernirla.


              Casi había anochecido cuando llegué a la estación,


            donde estaban encendidas unas pocas lámparas de


            petróleo,  cuya  luz  trémula  apenas  alumbraba


            aquella  solitaria  tierra,  en  la  que  las  distancias


            entre granjas eran enormes. Llegó el tren y lo cogí.


            Nada más arrancar reparé en un grupo de gente



            bajo una de aquellas lámparas. Una mujer y su hijo


            habían  bajado  del  tren,  y  un  hombre  que  los


            esperaba les dio la bienvenida. No me había fijado


            en su cara mientras estuve en el andén, pero ahora


            vi que señalaba la colina de Llantrisant, y creo que


            me asusté un poco.



              Era joven, hijo de algún granjero, me figuro, vestía


            ropa basta de color marrón y era tan diferente al


            párroco  señor  Evans,  como  lo  pueda  ser  un

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