Page 443 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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hubo ocupado el sitio de costumbre en la acera de


            la iglesia, con sus patos y huevos y unas cuantas



            patatas tempranas, empezó a contar a sus vecinas


            que  había  oído  repicar  una  gran  campana.  Las


            buenas mujeres sonrieron a sus espaldas, ya que


            había  que  gritarle  al  oído  para  que  pudiera


            comprender lo que se le decía. La señora Williams,


            de Penycoed, se inclinó y le gritó:


              —¿Qué campana era esa, señora Parry? No hay



            ninguna  iglesia  cerca  de  Penrhiw,  donde  usted


            vive. ¿Ha oído usted la tontería que acaba de decir?


            —dijo en voz baja a la señora Morgan—. Como si


            pudiera oír alguna campana.


              —¿A qué vienen esas tonterías? —dijo la señora


            Parry,  con  el  consiguiente  asombro  de  ambas


            mujeres—. Puedo oír una campana tan bien como


            usted,  señora  Williams,  tan  bien  como  oí  sus



            cuchicheos.


              Este hecho, que no ofrece ninguna duda, dio pie a


            interminables controversias. Aquella anciana que


            estaba sorda como una tapia desde hacía mas de


            veinte  años  —el  defecto  era  hereditario—  de


            repente  esa  mañana  de  junio  podía  oír  tan  bien


            como  cualquier  otra  persona.  Sus  dos  amigas  la



            miraron fijamente y pasó un buen rato hasta que


            lograron               apaciguar               su         indignación                 y        la


            persuadieron a hablar de la campana.

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