Page 438 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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dejaba de serlo. Llegué ante una verja frente a un
seto de viejos espinos, y más allá parecían
adivinarse vagos indicios de una vereda. Se diría
que alguien pasó alguna vez por aquel camino,
aunque no era frecuente.
Había ascendido bastante, pero no tanto como
para divisar el mar. La brisa marina soplaba entre
los espinos trayendo a mi olfato un aroma acre. El
terreno descendía suavemente desde la verja y
luego volvía a elevarse hacia una loma, donde
había una granja solitaria. Dejé atrás la granja y
tomé con recelo un sendero incierto, que seguía un
seto. De pronto vi ante mí el Viejo Campamento, y
más allá la vasta extensión del mar color zafiro y la
bruma que lo confundía con el cielo. A mis pies
descendía abruptamente la colina, poblada de
flores de aulaga, de un tenue color dorado rojizo, y
de brezo de un púrpura espléndido. Llegué a una
hondonada que, entre relucientes helechos verdes,
bajaba hasta el espejeante mar. Más allá de la
hondonada se elevaba un cerro boscoso,
abastionado en la cumbre con los enormes muros
antiguos del Viejo Campamento, con sus
imponentes circunvalaciones verdes intramuros,
que han soportado innumerables años.
En aquel suave montículo verde, desde el que se
vislumbraba la radiante y cambiante superficie del
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