Page 536 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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                 No me cambié de ropa hasta que mi vehículo me llevó


           por el espacio‐tiempo. Entonces, en la base de la Patrulla

           camuflada como almacén, me quité la ropa del valle del

           Dniéper,  finales  del  siglo  IV,  y  me  puse  la  de  Estados

           Unidos, mediados del siglo XX.




                 La  forma  básica,  camisas  y  pantalones  para  los

           hombres,  vestidos  para  las  mujeres,  era  la  misma.  Las

           diferencias en los detalles eran incontables. A pesar de la

           tela basta, el traje godo era más cómodo que una chaqueta


           y corbata. Lo guardé en la caja de mi saltador, junto con

           dispositivos especiales como el pequeño aparato que usé

           para escuchar, desde el exterior, lo que sucedía en el salón

           del pez gordo tervingo. Como la lanza no cabía, la dejé


           atada a un lateral de la máquina. No iba a ir a ninguno

           sitio más que al entorno al que pertenecía aquel arma.



                 El agente de guardia de ese día rondaba los veinte

           años  —joven  para  los  tiempos  modernos;  en  la  mayor


           parte de las épocas ya hubiese sido un hombre situado y

           con familia— y yo lo desconcertaba un tanto. Cierto, mi

           situación como miembro de la Patrulla del Tiempo era un

           tecnicismo,  como  en  su  caso.  Yo  no  participaba  en  la



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