Page 221 - Un caso de conciencia -James Blish
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acompañante ‐.  Cuesta  lograrlo  con  el  pincel,  pero


             mucho  más  con  el  cuerpo.  Creo  adivinar  quién  ha

             diseñado  estos  cuadros;  sólo  hay  un  hombre  que


             pueda hacerlo.

               Michelis  miró  a  Liu  como  si  no  la  conociera,  y  el

             aguijón de los celos, que sacudió su cuerpo como una


             corriente, le hizo darse cuenta por vez primera de que

             la amaba.
               - ¿Quién? ‐ preguntó con voz ronca.

               - Oh, Tsien Hi, por supuesto. El último clásico. Creí


             que  había  muerto,  pero  eso  no  es  una  vulgar

             imitación...

               El serpentín que formaban las vagonetas se detuvo


             ante las puertas de salida el tiempo justo para que dos

             modelos, cuyos cadenciosos movimientos les conferían

             un aire lúbrico, entregaran a cada pasajero un abanico


             colmado de dibujos pintados al pincel con tinta china.

             A Michelis le bastó una sola mirada para, con gesto

             impulsivo,  guardarse  el  abanico  en  el  bolsillo,  como


             queriendo  dejar  constancia  de  su  reticencia  ante  el

             obsequio mediante la radical solución de apartarlo de


             su  vista.  Liu,  sin  embargo,  señaló  sin  despegar  los

             labios uno de los ideogramas y plegó su abanico con

             devoción.


               -  Si. Son obra suya ‐ dijo ‐. Se trata de los originales.

             Nunca pensé que llegaría a poseer uno.


               El  tren  arrancó  con  una  brusca  sacudida.  El  jardín

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