Page 227 - Un caso de conciencia -James Blish
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de la velada abriéndose camino a codazos hasta echarle


             la zarpa a la primera personalidad  política, literaria,

             científica o de cualquier otro género a expensas de otro


             invitado  y  que  se  aviniera  a  fornicar  durante  media

             hora encima de una mesa, sin perjuicio de que mediada

             la semana soltara a su presa para hundirse de nuevo en


             la ciénaga de la ninfomanía. Si no sacaban de allí a la

             senadora  Sharon  en  aquella  fase  con  las  debidas

             precauciones, cuando los efectos sosegantes del placer


             todavía no se habían evaporado, causaría tal estropicio

             que habría que resolver la papeleta ante los tribunales.

               Las vagonetas del convoy, ahora vacías, iniciaron un


             incitante contoneo de avance desde el salón. El litino se

             dio cuenta de ello y su ostentosa sonrisa se hizo más


             amplia.

               - Siempre quise ser conductor de tren ‐ dijo con un

             inglés metálico que, sin embargo, tenia más distinción


             de la que Aristide podía aspirar a conseguir en el resto

             de  sus  días ‐.  Y  aquí  tenemos  al  mayordomo.  Bien,


             señor, he traído conmigo unos cuantos invitados por

             mi cuenta. ¿Dónde está la anfitriona?

               Aristide  señaló  el  serpentín  rodante  con  gesto  de


             impotencia  y  el  talludo  reptil  se  subió  al  vagón

             delantero  dejando  oír  una  especie  de  cacareo,  señal

             inequívoca  de  lo  muy  complacido  que  se  hallaba.


             Apenas  se  hubo  montado,  la  partida  que  le



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