Page 231 - Un caso de conciencia -James Blish
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Con aire de complicidad, el litino sacó un silbato de
plata, que en sus manos parecía un diminuto
adminículo, y arrancó un sonido tremolante que rasgó
la atmósfera cargada de la sala, un sonido enteramente
incongruente con el gesto cauteloso que le había
precedido. Los diez mocetones uniformados
rompieron filas con presteza. Los invitados que se
hallaban en primera fila propinaron jubilosos
puntapiés a los fláccidos cuerpos de los jóvenes, que
aceptaron el abuso con pasiva indiferencia.
- Están amodorrados ‐ dijo Egtverchi con tono de
paternal desaprobación ‐. Ya entiendo. En realidad no
obturé sus fosas nasales sino que me limité a impedir
que sus estructuras reticulares transmitieran la carga
de los efluvios a sus cerebros hasta que yo les diera
licencia para desinhibirse, y ahora han recibido el
impacto de una vez. Lamentable, ¿verdad? Por favor,
señora, ordene que se los lleven. Tanta disipación me
incomoda. Me veré obligado a exigir más disciplina.
La condesa batió palmas.
- ¡Aristide! ¿Aristide? ‐ Manipuló el transceptor
oculto en su tocado, pero Michelis no alcanzó a percibir
respuesta alguna. La condesa pasó de un júbilo casi
infantil a una pataleta no menos aniñada ‐. ¿Dónde se
habrá metido este asqueroso patán...?
Michelis, exasperado, se abrió paso con dificultad
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