Page 230 - Un caso de conciencia -James Blish
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pie, diez mocetones casi idénticos vestidos con un
uniforme verdinegro adornado con cordoncillos
plateados, los brazos cruzados, el semblante adusto y
la mirada al frente.
- Saludos a todo el mundo ‐ dijo Egtverchi,
efectuando una profunda reverencia a la que sus
brazos y manos, pequeños en proporción al cuerpo,
daban una aire cómico y burlón ‐. Señora condesa,
tengo sumo gusto en conocerla. Está usted protegida
por muy apestosos olores, pero los he soportado todos.
La concurrencia aplaudió y la respuesta de la condesa
quedó sofocada por el bullicio. Evidentemente le había
reprochado el que fuera inmune por naturaleza a unas
emanaciones que tanto afectaban a los habitantes de la
Tierra, porque Egtverchi se apresuró a decir un tanto
mortificado:
- Imaginé que me diría una cosa parecida, pese a lo
cual me apena haber acertado en mis previsiones. Pero
a los que obran de buena fe todo les está perdonado.
¿Qué me dice de estos arrogantes mozos que están ahí
como si tal cosa? señaló a sus diez acompañantes ‐. No
me haga caso, porque hay truco. Les coloqué filtros en
las ventanillas de la nariz, del mismo modo que Ulises
taponó con cera los oídos de sus compañeros al pasar
ante las sirenas. Mi cortejo hará lo que se le diga; me
consideran un genio.
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