Page 228 - Un caso de conciencia -James Blish
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acompañaba cruzó a grandes trancos el pavimento del


             salón y se hacinó detrás de él. El carrilete arrancó con

             una  sacudida  y  se  adentró  ruidosamente  en  el


             ascensor,  que  empezó  a  descender  entre  grandes  y

             blancos jirones de vapor.

               Y eso era todo. Aristide había perdido la oportunidad


             de organizar una aparatosa presentación, y  por si  le

             quedaba alguna duda, menos de diez minutos después

             Faulkner le obsequió con una mueca desdeñosa


               «¡Adiós mi condición de entregado artista al servicio

             de una leal patricia!», se dijo con amargura. Mañana no

             seria  más  que  un  simple  pinche  de  cocina  en  algún


             refectorio            subterráneo,               por         más          documentos

             comprometedores que guardara en su poder. Y todo


             ¿por qué? Pues por no haber previsto con exactitud la

             hora de llegada ‐y menos aún los deseos o los amigos‐

             de una extraña criatura que ni siquiera había nacido en


             la Tierra.

               Pausada, lentamente, se alejó en dirección a la sala de


             recuperación,  propinando  algunas  patadas  a  los

             criados lo bastante bisoños para contener la rabia. No

             se  le  ocurría  otra  cosa  que  supervisar  en  persona  el


             tratamiento  de  que  era  objeto  el  doctor  Martin

             Agronski,  el  anónimo  invitado  relacionado  de  algún

             modo con el litino.


               Aun así no se hacia ilusiones. Mañana, al despuntar



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