Page 279 - Un caso de conciencia -James Blish
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Egtverchi,  en  cambio,  estaba  en  movimiento.  Aun

             cuando  su  figura  parecía  empequeñecida  por  la


             distancia, la imagen se ajustaba a las proporciones del

             marco  vegetal  e  incluso  adquiría  coloraciones  más

             naturales  y  perfiles  más  nítidos.  Sus  gestos,


             circunscritos  en  el  cuadro  de  la  pantalla,  eran

             invitantes,  como  si  quisiera  arrancar  a  Michelis  de


             aquella vegetación inerte.

               La voz era el único elemento discordante. Hablaba en

             un tono normal, lo que significaba que era en exceso


             destemplada para sintonizar consigo mismo o con su

             entorno (y el de Michelis). Tan estridente se le antojaba

             a éste que, sumido en sus cavilaciones, poco faltó para


             que se le escapara el contenido de la última parte del

             discurso de Egtverchi. Sólo cuando el litino inclinó la

             cabeza en irónica reverencia y su imagen y su voz se


             hubieran  extinguido  dejando  tras  de  si  sólo  el

             omnipresente y sordo zumbido de un insecto, la mente


             de Michelis discernió el sentido de sus palabras.

               El  químico  permaneció  sentado,  como  aturdido.

             Transcurrieron treinta segundos largos de un anuncio


             del  «delicioso  compuesto  de  Knish  Instantáneo

             Mammale Bifalco» antes de que pensara en pulsar el

             mando de desconexión de imagen, cortando la voz de


             la  Miss  Bridget  Bifalco  de  aquel  año,  que  se  diluyó

             como  si  del  propio  compuesto  harinoso  se  tratase,



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