Page 346 - Un caso de conciencia -James Blish
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Los enormes insectos no podían volar en la atmósfera
libre, pero ahora se hallaban en el interior de un
edificio, e incluso hubieran podido llegar hasta la
mismísima calle descendiendo por el hueco de la
escalera.
Al cabo de un rato cesaron los gritos. Sólo se percibía
el penetrante ronroneo de los abejorros. Al otro lado de
la puerta alguien se quejaba.
Ruiz‐Sánchez sabia lo que le correspondía hacer. Fue
a la cocina y vomitó, y luego se embutió en el traje de
apicultor que utilizaba Liu.
Había perdido su condición de sacerdote y hasta de
católico. No poseía el don de la gracia; pero todo el
mundo tiene obligación de dar la extremaunción, si
sabe cómo hacerlo, y de administrar el bautismo, si
conoce la fórmula ritual. Lo que pudiera ocurrir a un
alma asistida de esta suerte quedaba por entero en
manos del Señor, quien dispone sobre todas las cosas,
pero que había ordenado que ningún alma
compareciera a presencia suya sin haber sido absuelta
en confesión.
El hombre tendido junto a la puerta era ya cadáver.
Por la fuerza del hábito, Ruiz‐ Sánchez se santiguó y
pasó por encima del cuerpo, tratando de apartar la
mirada. Un hombre que ha fallecido víctima de un
shock hiperhistamínico no es un espectáculo
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