Page 347 - Un caso de conciencia -James Blish
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agradable.
El apartamento que los insurrectos habían abierto
estaba destrozado por completo. En el interior,
tumbados en el pavimento, yacían tres hombres por los
que ya nada podía hacerse. Sin embargo, la puerta de
la cocina estaba cerrada. Si uno de ellos hubiera tenido
el buen sentido de guarecerse allí, antes de que el
grueso del enjambre le alcanzara, quizás habría
conseguido dar muerte a las pocas abejas que hubieran
podido colarse tras él, en el interior.
Como para confirmar este pensamiento se oyó un
gemido detrás de la puerta. Ruiz‐ Sánchez la empujó;
pero estaba parcialmente atrancada. Consiguió
entreabrirla unos centímetros y entrar.
En el suelo yacía un hombre con el rostro
desfigurado, la piel increíblemente tirante
ennegreciéndose por momentos y los ojos vidriosos, ya
en el trance de la agonía. Era Agronski.
El geólogo no le reconoció; no podía, puesto que el
cerebro ya no regia. Ruiz‐Sánchez cayó postrado de
hinojos con dificultad, debido al ropaje protector. Se
oyó a sí mismo recitar las plegarias de rigor, pero las
palabras en latín resbalaban en sus oídos como en los
del propio Agronski.
No podía tratarse de una mera coincidencia. Había
acudido para otorgar la bendición y la gracia ‐en el
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