Page 335 - A La Deriva En El Mar De Las Lluvias - Varios Autores
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En la sala, ahora vacía, la ilusión de que Peterson
lleva un traje espacial se desvanece abruptamente. Se
limpia la mano en la pierna, pero para quitarse la
suciedad que le mancha la palma tendrá que frotar
con más fuerza. Por un momento se pregunta qué le
ha pasado, pero no es algo en lo que quiera pensar
demasiado. Sale al pasillo, cierra la puerta de la sala
de oficiales y echa a andar.
Peterson llega a su habitación. Se acuesta en el
camastro y apoya un brazo sobre los ojos. Contra la
negrura de los párpados cerrados ve el horizonte
lunar, una línea ondulante de nieve gris ceniza, y por
encima la rebelde Tierra.
No le resultaba tan indiferente como para
quedarse dormido mientras esperaba el lanzamiento,
en los frecuentes retrasos, o incluso durante la cuenta
atrás, como habían hecho algunos astronautas. A
Peterson aún le entusiasmaban y le provocaban
inquietud las expectativas de ese empujón inexorable,
del trueno sordo del cohete, al ver que la consola que
tenía delante vibraba hasta volverse borrosa. Era un
suspense atenuado por la preocupación, el
conocimiento previo de la lenta acumulación de
gravedad, la renuencia de la Tierra a dejarlo despegar
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