Page 1287 - Anatema - Neal Stephenson
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extremo de un hueso y se convertía en un pesado nudillo
de acero. Cinco de esos nudillos se unían desde distintas
direcciones formando la base de cada vértice. Y cada
vértice, aunque diferente, era un conjunto de bóvedas,
cilindros, vigas y antenas. En la parte «superior» de
aquellos elementos florecían ramos de argentinos cuernos
parabólicos, aguardando su oportunidad de mirar al sol y
robar parte de nuestra luz.
El campo triangular de piedras por el que habíamos
estado caminando no daba contra el amortiguador,
porque el sistema requería cierto espacio; un
amortiguador que hubiese estado soldado a un triángulo
rígido no habría podido funcionar. Así que la cara
terminaba a diez pies de los tirantes que rodeaban el
amortiguador, y estaba unida a él por medio de un sistema
de cables que recorrían en zigzag una serie de poleas. A
primera vista parecía excesivamente complicado, y me
recordaba más un bote de vela que una nave espacial. Pero
teniendo en cuenta que los urnudanos habían estado
construyéndola durante miles de años, supuse que habían
encontrado una forma de hacer que funcionase.
Llegaba luz desde la sima. Al acercarnos, redujimos el
paso, nos inclinamos y miramos al interior del icosaedro,
un volumen de unas veintitrés millas cúbicas, suavemente
iluminado por la luz del sol que penetraba por aberturas
similares y que las paredes interiores y los dieciséis orbes
dispersaban. Era tal y como lo habíamos visto en el
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