Page 778 - Anatema - Neal Stephenson
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surgiendo de la nada para protegerme. Ahora oíamos diez
simultáneamente. El primero, como ya he descrito,
simplemente nos había paralizado a todos. Pero en poco
tiempo habíamos aprendido a asociar ese sonido con
expertos en vallelogía rompe‐caras y retuerce‐brazos. En
el flanco derecho se había materializado una línea de
batalla de camisas rojas; habían estado ocupando ese lado
de la plaza, esperando a que los tres primeros nos
atrajesen hacia allí. Todas las cabezas se volvieron, todos
los cuerpos giraron hacia ellos. Cada camisa roja había
enviado al suelo a uno o dos miembros de la multitud, con
laceraciones sangrientas, antes de que pudiésemos
hacernos una idea de la situación. La línea de camisas rojas
giró para enlazar con los tres primeros, que soltaron al
hombre al que habían estado torturando. Empezando a
comprender que los superaban por la derecha, que la
plaza era territorio enemigo, y no pudiendo desplazarse a
la izquierda por culpa del canal, la multitud se dio la
vuelta con la esperanza de marcharse por donde había
venido. Pero varias salvas de gritos de guerra surgieron de
la retaguardia cuando unos cuantos camisas rojas saltaron
del canal. Se habían ocultado allá abajo, aferrándose a la
pared desigual como escaladores, y sin enterarnos los
habíamos dejado atrás. Bloqueaban la retirada. A la
multitud ya sólo le quedaba la opción de avanzar entre el
canal y los camisas rojas de la plaza, o saltar al canal. Tan
pronto como unos pocos escaparon por esa ruta, todos
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