Page 775 - Anatema - Neal Stephenson
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golpes… mientras se quedase allí manteniendo la esfera
en posición. El viento hubiese podido moverla, pero se
ocupó de ello subiéndose encima: una postura precaria
incluso cuando se intentaba con ambas piernas. Él, sin
embargo, apoyaba todo su peso en un pie, con el otro
recogido en la ingle. En ocasiones, cuando éramos jóvenes,
habíamos intentado mantenernos de pie sobre las esferas
para jugar. Algunos adultos lo hacían como ejercicio para
mejorar el equilibrio y los reflejos. Pero aquéllos parecían
un momento y un lugar algo extraños para la calistenia.
Eso sí, tuvo el beneficioso efecto de dejar a la gente que
me rodeaba todavía más desconcertaba que el Grito. Pero
al cabo de un momento un joven vio mi cabeza —un
blanco evidente y tentador— y fue hacia mí, echando atrás
una pierna para darme una patada. Cerré los ojos y me
preparé. Encima de mí escuché un sonido agudo. Abrí los
ojos para ver a mi atacante caer hacia atrás. Un segundo
después, algo húmedo me cayó sobre la cara: sangre. Unas
piedrecitas pequeñas, o algo así, rodaron por el suelo.
Parpadeando para limpiarme la sangre, vi que no eran
guijarros sino dientes.
Otro grito surgió de la multitud. Fue totalmente
diferente. Provenía de una persona que experimentaba un
dolor increíble, en el sentido más literal; su grito era de
sorpresa, como si pensase: «¡No tenía ni idea de que algo
pudiese ser tan doloroso como lo que me está pasando!»
Lo que captó la atención de todos, excepto de un gheethe
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