Page 779 - Anatema - Neal Stephenson
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quisieron hacerlo y se desató el pánico. Los camisas rojas


          los dejaron irse. En un instante casi todos mis atacantes se

          habían  esfumado.  Las  dos  líneas  de  camisas  rojas  se

          unieron y se contrajeron para formar un anillo de unos


          veinte pies de diámetro. Miraban hacia fuera. No dejaban

          de mover la cabeza. En medio del anillo sólo había tres

          personas: el líder gheethe con la pistola, un único camisa


          roja que se desplazaba continuamente para situarse entre

          mi persona y el cañón del arma y yo.

            Una mujer camisa roja del perímetro gritó:


            —¡Fusil!

            Una palabra orto ridículamente arcaica que se refería a


          un arma de fuego de cañón largo. Instantáneamente los

          dos  camisas  rojas  que  tenía  a  ambos  lados  le  dieron  la

          espalda  y  miraron  en  otras  direcciones.  Pero  todos  los


          demás hicimos lo natural: seguimos la mirada de la mujer

          hasta un drumón aparcado al borde de la plaza. A él se


          había subido un gheethe con un arma larga que apuntaba

          hacia nosotros. La mujer que había gritado «fusil» saltó

          hacia delante, alzando las manos, y ejecutó un movimiento


          que  la  llevó  hasta  la  tapa  de  un  contenedor  de  basura.

          Desde allí saltó de lado, rodó y quedó cerca de una fuente

          de  agua  potable  sobre  la  que  plantó  un  pie  para  darse


          impulso y ejecutar un violento cambio de dirección que la

          llevó hasta un árbol de mal aspecto. Lo agarró con una

          mano  y  describió  un  giro,  corrió  hasta  un  banco,


          desapareció entre un grupo de peatones y reapareció un



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