Page 776 - Anatema - Neal Stephenson
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que se nos acercaba con una sonrisa extraña y fija en el
rostro, sacándose una navaja del bolsillo y abriéndola. En
esta ocasión advertí mejor lo que pasó. El hombre que
estaba subido a la esfera fingió dar una patada rápida con
la pierna libre y el otro movió la navaja hacia donde se
suponía que se dirigía la patada; pero antes de que
comprendiese que había fallado estrepitosamente, mi
protector le agarró la mano de la navaja y se la retorció. No
sólo le torció la muñeca sino que saltó de la esfera contra
el brazo del atacante, cuyas articulaciones y huesos se
quebraron con una serie de ruidos sordos y de estallidos.
La esfera se apartó de mí. La navaja cayó al suelo y yo
intenté agarrarla, pero demasiado tarde: mi protector le
dio una patada y el arma desapareció en el canal.
Estaba desprotegido. Pero apenas importaba porque la
multitud se había desplazado hacia el horrible grito de
asombro. Me puse a cuatro patas y luego de rodillas.
El autor del grito era un hombre gheethe al que una
mujer de cabeza rapada y camiseta roja retenía con una
complicada llave de lucha. A su espalda había un hombre
de unos dieciocho años y aspecto similar, que derribaba
con eficiencia a cuantos se acercaban. Cuando me hice una
idea general, la multitud ya le lanzaba piedras. Mi
protector me abandonó y se escurrió entre la gente para
unirse a los otros camisas rojas y ayudarlos a desviar
proyectiles. Fueron retrocediendo. Gran parte de la
multitud fue por ellos, pero algunos abandonaron; para
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