Page 902 - Anatema - Neal Stephenson
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detención. Cuanto más tardase en estar en uno de esos
vuelos, mejor.
El jefe del pelotón no demostró la más mínima curiosidad
por lo que hacían media docena de avotos en la parte
trasera de un transbor, pero les ordenó que se apartasen
del vehículo y formasen fila para que les pusieran los
collares. Los avotos obedecieron con cara de desconcierto.
Un soldado fue a la parte posterior del camión para ver si
había rezagados. Vio el cadáver, se sorprendió y empuñó
el arma que llevaba al hombro… lo que llamó la atención
de sus compañeros de pelotón. Luego se relajó y volvió a
colgarse el arma al hombro. Se acercó despacio al transbor.
Algo en su postura me indicó que se comunicaba con los
otros. Me acerqué lo suficiente para oír al jefe del pelotón
preguntarle a sur Maltha, que evidentemente era la
médica, por qué estaba manchada de sangre.
—¿Tenéis una baja?
—Sí.
—¿Necesitáis…?
—Está muerta —dijo sur Maltha—, no precisamos ayuda
médica. —Hablaba de forma cortante, con cierto
sarcasmo, asombrada tanto como lo había estado yo al
comprobar que los soldados «no sabían». Si se hubiesen
molestado en preguntarnos, se lo habríamos dicho; no
habríamos podido cerrar la boca. Pero no habían
preguntado. No les importaba lo que supiésemos u
opinásemos. Y, por tanto, todos nosotros, todos los avotos,
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